México.

No quiero sobrevivir en México. Quiero vivir en él

México.

Te escribo desde el único lugar donde sé quién soy. Desde el olor a calle mojada después de la lluvia, desde el ruido de tu tráfico que ya aprendí a ignorar, desde las calles que conozco de memoria aunque a veces me den miedo recorrerlas. Te escribo porque no sé cómo dejarte de amar, aunque a veces siento que tú no me devuelves lo mismo.

Crecí aprendiendo a quererte con todo. Con tu música, con tu comida, con la forma en que tu gente se abraza cuando todo se derrumba. Nadie me enseñó a amarte. Simplemente un día me di cuenta de que tus calles ya eran parte de mí. Que sin ellas no sabría cómo caminar.

Pero también crecí aprendiendo a tenerte miedo.

No el miedo de una mala noche. Sino el que se instala despacio, el que ya no te suelta. El que sientes cuando planeas un viaje por carretera y antes de salir le dices a tu familia a qué hora calculas llegar, no por costumbre, sino porque si no llegas alguien tiene que saber dónde empezar a buscarte. El que aparece cuando piensas en tu hermana sola en el transporte público y el estómago se te cierra. El que no te deja dormir cuando tu novia tarda en contestar y tu cabeza ya fue a lugares donde no quieres ir.

He cerrado puertas con miedo dentro de mi propia casa. Me han robado más de una vez entre mis propias paredes, en el único lugar donde se supone que nadie debería poder tocarte. Y lo más cruel no fue el robo. Fue entender que en este país, ni eso te garantizan.

No quiero ser un nombre más en una lona.

No quiero que mi familia tenga que preguntar dónde terminé.

No quiero que lo que me cubra para siempre sea una bolsa negra en alguna carretera que conozco de memoria.

No quiero desaparecer en un país que amo.

Porque eso pasa aquí. Pasa todos los días, con nombres reales, con familias reales que se quedan esperando en la puerta. Guadalajara amaneció en llamas un domingo de febrero porque alguien murió y su organización decidió que la ciudad entera tenía que saberlo. Las carreteras que conectan nuestros estados se convirtieron hace años en el infierno en vida. Las autoridades que deberían protegerte a veces son el peligro del que tienes que escapar. Y el gobierno mira hacia otro lado con una habilidad que ya parece ensayada.

México no está roto por accidente. Está roto por decisiones. Por años de corrupción que se normalizó, de impunidad que se heredó, de un sistema que aprendió a funcionar para unos pocos y a ignorar al resto.

Y aún así te amo.

Esa es la parte que más duele. Que no puedo dejar de amarte aunque a veces te sientas como una trampa. Que conozco tu idioma mejor que ningún otro, que tus referencias son las mías, que tu humor es el único que me hace reír de verdad. Que mi historia está tatuada en tus calles y que irme de aquí significaría arrancarme una parte de mí que no sé si volvería a crecer.

Pero cada vez pienso más en esa posibilidad. Y eso me parte.

Pensar que un día quizás tenga que aprender otro idioma para poder dormir tranquilo. Adaptarme a otra cultura para no tener miedo de conocer mi propio país. Cambiar mi barrio por una ciudad que no me necesita, que no me conoce, que nunca va a ser mía de la misma forma.

No quiero irme, México. Pero tú me estás enseñando que quizás no tengo opción.

Y lo más doloroso de todo no es la rabia. Es la resignación que se instala cuando llevas demasiado tiempo esperando que algo cambie y empieza a parecerte que nunca lo hará.

Que así eres. Que así seguirás siendo.

Y que el único que tendrá que cambiar, al final, seré yo.