Para los que no lo saben, Eurovision es un concurso entre países europeos y algunos no tan europeos. Se celebra cada año. Nace en una Europa de posguerra, con la idea de reconstruirse. La Unión Europea de Radiodifusión organizó un certamen para reunir a los países del continente.
Cualquier país miembro de la Unión Europea de Radiodifusión puede participar, eso incluye países en las fronteras de Europa como Marruecos, Jordania e Israel. Australia participa desde 2015. No es un concurso exclusivamente europeo. Es un concurso de televisoras públicas.
Se dice que hay un grupo de países con ciertos privilegios, los “Big Five”: Francia, Reino Unido, España, Alemania e Italia, los cinco mayores contribuyentes económicos al festival. Clasifican directo a la final sin pasar por semifinales.
En 2024 fue un punto de quiebre. Años atrás se pedía la descalificación de Israel. La UER se negó y el festival siguió.
En 2025 la cosa empeoró. Israel se llevó el segundo lugar, representado por Yuval Raphael, que lideró los votos con 297 puntos pero solo obtuvo 60 del jurado. Que la mayoría de los votos vinieran del público televisivo encendió todas las alarmas. Siete países pidieron explicaciones sobre la validez del televoto.
El 4 de diciembre de 2025, tras confirmar la permanencia de Israel, España anunció su retirada de Eurovision 2026, después de 64 años de participación ininterrumpida desde 1961.
Pero no fue solo España. Eslovenia, Irlanda, Islandia y Países Bajos confirmaron su retirada, convirtiendo a Eurovision 2026 en la edición con el mayor número de bajas de la historia y la cifra más baja de participación desde 2004.
Eurovision nació para unir una Europa destrozada por la guerra. Setenta años después se está fracturando por otra. La ironía más cara de la historia de la televisión.

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